Náufragos en un Iceberg de uranio

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Hace poco ha visto la luz el primer libro de poemas del filósofo Tazarte Sánchez Moreno (Ediciones NACE, 2021), quien, en 2019, presentó mi libro “Transontología Social. Teoría del Ser Superior”, generándose entre ambos un diálogo con tesis encontradas pero con las que, con la guía del profesor Tazarte Sánchez, íbamos intentando un acercamiento a la verdad, la cual sabemos que es esquiva, como la tangente en una derivada o el protón dentro de su nube de probabilidades. 


Tras más de cinco veces ubicados ambos para poder conseguir “Náufragos en un íceberg de uranio”, por fin lo tengo en mis manos y ya introducido en mi mente. 


Muy acertadamente el poeta Antonio Arroyo Silva, en el prólogo, advierte del entorno en el que surgen las poesías de Tazarte, escritas entre 1982 y 1988 mientras estudiaba filosofía en la Universidad de La Laguna. En ese entorno geo-histórico es en el que se cumple que “la poesía en Canarias de las décadas de los 70 y 80 vino de la mano de la música, sobre todo el rock y el jazz”. 


En lo más temprano de esa época yo transitaba la revolución cultural “que encuentra en el orientalismo uno de los escalones para ascender a una supuesta liberación individual, social, cultural, sexual, política”, con el interés de disolver las cadenas que ataban al individuo, siendo que así surgió el movimiento hippie, que derribó los mandatos monogámicos, y propuso el amor y no la guerra, en el relato del poeta Arroyo. 


Si echamos un vistazo a ese caldo de cultivo en la universidad canaria, las penas y alegrías del joven Tazarte marcan el vacío lisérgico de las noches y la baquicidad nietzscheana frente a unos sentidos intensos de percepción, des-aherrojándose de las represiones culturales de una España recién llegada a la libertad y al libertinaje, que para este caso son lo mismo, y que provocaba en los seres poetas que se enfrentaban a esa explosión de psicodelia y experimentaciones religiosas novedosas (no olvidemos que los chinos comunistas invadieron Tibet en los años 50 del siglo XX, y toda la sabiduría budista de las montañas se esparció por el planeta). 


Jim Morrison era un símbolo, y en Canarias lo fueron Carlos Ramos o Félix Francisco Casanova, todos ellos occisos por autolisis, y los cuales rondaban por innumerables sitios buscando romper los límites de la mente, ya que en la consuetudinaria polis se había conseguido la libertad. 


Sigo estando de acuerdo con el poeta Arroyo cuando alude a la visión del filósofo chileno Martín Hoppenhayn, discípulo de Gilles Deleuze, quien habla en su “Crítica de la razón irónica” de que Morrison y la música de ese tiempo funde lo pagano y lo ilustrado, el iluminismo de izquierda y la iluminación dionisíaca. Tazarte Sánchez, el joven, es así. Citamos tanto a Morrison porque el primer capítulo del libro de poesía de Tazarte Sánchez, se llama “Jinetes en la Tormenta”, como la canción de Jim. 


Y vamos allá, los estudiantes de la época percibían el tiempo como “tempus fugit” y Tazarte poetiza: “Quedan tantas cosas que no puedo vencerme todavía”; las ideas entraban en parálisis ante la grandeza de la psicodelia exógena, y Tazarte expresa: “la calle está vacía y llena, camino que camina por mí, te nombro calle: cementerio de las ideas”; la miseria social ubicaba al filósofo en una fatalidad superior, y Tazarte habla: “mas, en esta carrera de sentimientos y sentidos, ganar no significa una tarea fácil, los perdedores también juegan”; el lenguaje era un misterio cognitivo, y Tazarte filosofa: “el misterio de nuestras incontrolables mentes, habita entre el perpetuo abismo de nuestras palabras”; la percepción del alrededor tenía un registro que recordaba el enjambre, y Tazarte anota: “en los paneles de hormigón la abeja reina amamanta ociosos caprichos y vacía en su imagen todo un desgarro de vuelos en cautiverio”; la filosofía entraba con resistencia crítica, y Tazarte vuelve a filosofar: “introduce en mi ranura tu moneda epistemológica”; el “fatum” gobernaba por sobre todas las cosas, y Tazarte grita: “aprendices de Mephisto poblando un cielo de incertidumbres”; la incomprensión psicodélica se revolvía, y Tazarte describe: “la locura entonces da un vuelco y se gira”; la canariedad, como bajando por el barranco de Siberio, se hacía presente, y Tazarte poetiza: “al macizo silencio de estigmas existenciales de aulaga, cueva donde habita la caja de pandora, introduce azules cernícalos, perenquenes y dragos basálticos de un tiempo que nos pertenece, palmeras dispuestas a encontrar esa tierras que pintaba atardeceres en ese lecho donde le dejaremos reposando los grillos y las cadenas, y las cadenas, y las cadenas…”. 


Tazarte Sánchez, pues, loa dentro de los límites marcados en los años ochenta para una poesía no social (la social es la aburrida palabrería máximogorkiana), que estaba de moda en aquella izquierda ávida de los textos de editorial ZYX. 




Makhno

Néstor Majnó (centro) con Simon Karetnik (detrás, con el mismo sombrero) y Fiodor Shuss (derecha) en 1919.




Aun así, vamos a situarnos en la polis. Tazarte y yo somos anarquistas, él majnoviano, al estilo del Territorio Libre de Ucrania, por el Ejército Negro de Néstor Majnó, y yo anarcocapitalista a lo Ayn Rand o a lo Theodore Kaczynski. Más concretamente, mi anarquismo es epistemológico como el de Paul Feyerabend, un filósofo de moda en los setenta y ochenta y malogrado para el mundo en 1994, un anarquismo anticiencia, porque la ciencia es un malsano espejismo que ha secado el alma del humano. Este joven Tazarte también es anarquista y se deja llevar por lo báquico, no por lo espartano, ya que, para eso, en los ochenta, los generales gerentes ya se encargaban de enviar a la muerte a los jóvenes soldados. El gran conocimiento de Tazarte del majnovismo indica que el anarquismo puede ser una opción, una opción que impide el totalitarismo deshumanizado de los comunismos y los fascismos, y que, durante los tiempos de sangre y fuego de los primeros años del siglo XX, hizo posible el gobierno de las aldeas. Para el caso de mi anarquismo, si no es el epistemológico que ganará por sobre los demás, el anarquismo de la polis va a fracasar, porque el ser superior del humano, el humanero, es un cúmulo de enjambres comunistas dirigido por siniestras abejas reina. Entretanto Tazarte nos oferta, en tiempos en los que la libertad parece fenecer, unos escritos a la vez paganos, dionisíacos e ilustrados. 

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