Ernesto Castro, actualmente profesor en la Universidad de Zaragoza, es uno de los filósofos de más contenido y prometedores del panorama español, e impartió en El Ateneo de Madrid, hace unos dos años, una conferencia encaminada a averiguar “para qué sirve la filosofía”, título de su lecture. Esa conferencia fue crucial o casi fundante, para con el oficio de los filósofos del siglo XXI, a fin de espabilarlos respecto a su profesión y su profesionalidad.
La conferencia la basó en 19 preguntas sobre la filosofía, de las cuáles he aquí algunas. Hay unas pocas propiamente filosóficas, como la cuarta pregunta: “Si todo es relativo ¿También lo es esta frase?”, o la décima pregunta: “¿Está usted de acuerdo con Wittgenstein en que de lo que no se puede hablar es mejor callarse? Exponga exactamente de qué no puede hablarse”.
En la cuarta da un toque de atención a que no todo vale, y en la décima descontextualiza provocativamente la última proposición del “Tractatus” wittgensteiniano para liberar a la filosofía de su propia cárcel.
Pero donde nos empezamos a divertir es en las siguientes preguntas, como sacadas de un libro de autoayuda para filósofos. En efecto, la tercera pregunta la lanza Ernesto Castro hacia el complejo de desvaloración de los filósofos: “¿Por qué los graduados en la carrera universitaria de física no tienen ningún reparo en llamarse a sí mismo físicos y, sin embargo, los graduados en la carrera universitaria de filosofía sí que lo tienen en llamarse filósofos? ¿Es por falsa modestia, falta de conciencia profesional, complejo de inferioridad respecto a la tradición, repugnancia ante el estereotipo social del filósofo? ¿Acaso el término filósofo no es lo bastante eufemístico que tendremos que acuñar el término filo-filósofo para que nuestros estudiantes se sientan cómodos con el nombre de su oficio?”.
El filósofo Ernesto Castro, fotografiado para "Seeds"
La quinta pregunta ridiculiza el sistema de enseñanza de filosofía como si fuera como la lista de los reyes godos: “Si el objetivo de la filosofía consiste en conocernos a nosotros mismos y, como dice Kant, no se debe aprender filosofía sino a filosofar ¿Por qué motivo la enseñanza de esta disciplina está estructurada a partir de lo que pensaron otras personas, normalmente varones blancos muertos?”.
La séptima pregunta reincide en la herida: “La mayoría de los filósofos aprecian la moral de las escuelas helenísticas y desprecian los lemas de autoayuda de los best sellers, Séneca es profundo y procomún, y Paulo Coelho superficial e individualista, pero ¿cuántos serían capaces de distinguir entre ambos? ¿de quién de los dos es esta frase: recógete en tu interior cuando puedas, trata con quienes te hagan mejor, acoge a quien tú puedas mejorar?”.
La pregunta nueve entra directamente en la materia más boba, que quiere hacerse filosófica sin serlo: “¿Cree usted que deberían imponerse cuotas de género y raciales en los manuales de historia de la filosofía? El hecho de que Hypatia de Alejandría y San Agustín, quien probablemente era negro, estuviesen interesados respectivamente en las matemáticas y en la teología más que en el feminismo o la teoría de la negritud ¿invalida su inclusión en este tipo de cuotas por un defecto de auto-referencialidad?”.
Señala Castro, con la pregunta doce, la negligencia de la filosofía académica: “En los cursos de filosofía se suelen enseñar las especulaciones físicas de los filósofos griegos antiguos, la mayoría de las cuales son radicalmente falsas y, sin embargo, no se suelen enseñar los descubrimientos matemáticos de esos mismos filósofos que siguen siendo válidos actualmente ¿Por qué motivo, en clase de filosofía, se explica la Teodicea de Leibniz y no su invento el cálculo diferencial? ¿Acaso la filosofía es una disciplina de letras en la que la ciencia sólo puede entrar bajo la forma de teorías escasamente formalizadas, prácticamente reducidas a la condición de literatura, provenientes en su mayor parte de las ciencias humanas?”.
Y vamos al estipendio, que es donde cae en contradicción casi todo el mundo, y va la pregunta trece: “¿Para qué sirve la filosofía? Si sirve para algo ¿cómo es posible que en una economía de mercado nadie haya encontrado todavía la manera de extraer una rentabilidad económica de ella, salvo para la docencia y, recientemente, para la gestión de recursos humanos y la llamada consultoría o terapia filosófica? Si no sirve para nada ¿deberíamos enorgullecernos de su inutilidad aduciendo, por ejemplo, que las cosas verdaderamente importantes, las que verdaderamente nos hacen felices, tienen su finalidad en sí mismas? En tal caso ¿debería financiar el estado la enseñanza pública de una disciplina que se precia de su falta de utilidad salvo para los que la estudian?”. Lo cual borda Castro en la pregunta quince: “La mayoría de los filósofos modernos no se ganaron la vida trabajando como profesores de instituto o de universidad. Descartes fue consejero de reinas, Spinoza pulidor de lentes, Locke cirujano, Leibniz diplomático, Berkeley patrón de una plantación de esclavos, Hume bibliotecario, Schopenhauer rentista ¿Por qué motivo, entonces, los profesores de filosofía defienden sus departamentos y sus facultades como si fueran la última trinchera del pensamiento occidental cuando, desde el siglo XVI, prácticamente todas las innovaciones filosóficas han provenido de fuera de esas facultades y de esos departamentos?”.
Pues a responder se ha dicho.
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