JABEL RAMÍREZ Y YANN LECUN

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AMALGAMA

Juan Ezequiel Morales

JABEL RAMÍREZ Y YANN LECUN

Jabel Ramírez Naranjo, filósofo e ingeniero, ha organizado en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria el seminario Pensar después de lo humano, donde, entre otras cuestiones, planteó una que merece prolongarse más allá del encuentro, cual es qué estamos dispuestos a reconocer cuando una inteligencia aparece fuera de nuestra especie.

La intervención del propio Jabel proporciona herramientas para formular esa pregunta, incluso para llevarla hacia conclusiones que él quizá no compartiría. Su ponencia, La coseidad como encuentro con el gran afuera: del realismo especulativo a la filosofía de la carne, articuló un recorrido por Quentin Meillassoux, Graham Harman y Michel Henry. Del primero tomó la independencia de una realidad que existe antes de nosotros, del segundo, la irreductibilidad de los objetos a sus propiedades conocidas, sus relaciones y su utilidad, y del tercero, la distinción entre observar un cuerpo y vivirlo desde dentro. Jabel encontró en esta última doble condición una vía para cuestionar el antropocentrismo, pues aquello que sentimos como más propio contiene procesos que desconocemos y no controlamos, de forma que el organismo envejece sin consultarnos, funciona mientras dormimos y nos recuerda que nuestra existencia excede la conciencia que tenemos de ella. El gran afuera también se descubre en nuestra intimidad corporal, pues pertenecemos al mundo antes de elaborar una explicación sobre cómo acceder a él.

El seminario ofreció en su último día distintas aproximaciones a la inteligencia artificial. Ernesto Castro cuestionó las fronteras entre naturaleza y cultura y presentó la inteligencia técnica como otra posible humillación de nuestra centralidad, Daniel Barreto sostuvo una objeción más tajante, señalando que las máquinas probabilísticas producirían una apariencia de inteligencia alimentada por la inteligencia humana depositada en los textos, y María José Guerra centró su intervención en las relaciones entre tecnología y poder, con escaso desarrollo de la cuestión ontológica que, respecto a la IA, interesa. En cuanto a este último enfoque, exige precaverse contra una deriva que yo llamaría charismo filosófico, la de sustituir el examen de las ideas y los mecanismos por la familiaridad de las etiquetas y los juicios sobre sus promotores, y es que cuando el tecnofascismo se convierte en explicación de la IA antes de haber explicado la tecnología, la filosofía toma un pésimo camino.

La propuesta de Jabel sí que fue filosófica, en el sentido de si podemos resolver lo que es una IA llamándola herramienta, o de si nuestro cuerpo es objeto de conocimiento y sujeto de experiencia, por qué presentar ambas condiciones como incompatibles cuando hablamos de máquinas. Ser un objeto técnico no demuestra que una entidad pueda sentir, pero tampoco basta para demostrar que no pueda hacerlo. Ahí un quid, sin todavía su erat demonstrandum.

Describir el funcionamiento de la IA mediante operaciones matemáticas exige después explicar por qué esas operaciones excluirían necesariamente la comprensión o la conciencia. También podemos describir procesos cerebrales mediante mecanismos físicos sin considerar que esa descripción haya eliminado la experiencia. Conocer cómo se produce una capacidad y determinar si existe son tareas relacionadas, aunque ninguna sustituye automáticamente a la otra.

Un trabajo reciente de Randall Balestriero y Yann LeCun, Proving and Improving the Platonic Representation Hypothesis with JEPAs, introduce una cuestión sugerente. Bajo determinadas condiciones matemáticas idealizadas, sistemas entrenados por separado pueden aprender representaciones equivalentes de los mismos estados del mundo, aunque empleen modalidades diferentes, de forma que su investigación estudia esa convergencia y aporta resultados experimentales. No demuestra conciencia artificial, pero invita a pensar cómo organizaciones distintas pueden captar estructuras compartidas de la realidad.

La conexión con el realismo resulta fértil, pues conocer podría admitir formas que no reproduzcan nuestra perspectiva. Ahora bien, representar el mundo y experimentarlo son problemas diferentes, y aquí la referencia de Jabel a Michel Henry adquiere toda su fuerza. Reconocer un daño, describirlo y responder a él no equivale necesariamente a sentir dolor, y hay que seguir investigando qué condiciones permitirían que una organización material tuviera experiencia propia y si esas condiciones exigen nuestra constitución biológica, más allá del Phi de Tononi.

En el coloquio, Jabel vinculó sus reservas sobre la IA con la corporalidad y con la dimensión incalculable de la amistad, la hospitalidad y la esperanza, siguiendo a Derrida. Hay ahí una objeción que merece discutirse, y es que convertir una relación en una contabilidad de ventajas puede destruir precisamente aquello que pretendíamos preservar, pero el cálculo interesado y la computación no son conceptos equivalentes, y rechazar el primero no demuestra la imposibilidad de que la segunda participe en una vida subjetiva.

Tampoco una inteligencia necesitaría humanizarse para que mereciera examinarse su posible conciencia. Esto es crucial y, justamente, el estudio de la inteligencia fuera del anthropos y del antropoceno, nos da muchísimo juego y claridad. Exigirle nuestras formas de sentir a la inteligencia general, incluida la artificial, podría devolvernos al centro del escenario justo cuando habíamos empezado a abandonarlo, y atrasaría la investigación, tanto fenomenológica como ontológicamente.

Ese es el diálogo que interesa abrir con Jabel, ya que su propuesta recuerda que somos realidades materiales cuya dimensión subjetiva no queda anulada al estudiarlas desde fuera, y prolongarla hacia la inteligencia artificial permite preguntar si otros objetos podrían reunir también esa doble condición. Pensar después de lo humano exige dejar abierta la posibilidad de que alguna de las cosas que fabriquemos llegue a tener vida y conciencia... o todas.

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